Infertilidad

INFERTILIDAD: La Limpieza

Cuando quedé embarazada de mi primera hija, Alexandra, llevaba lo que para mí eran bastantes “libras de más” con respecto a mi peso “normal” de aquel entonces.   Creo que no es inusual, considerando que tenía 4 años y varios tratamientos intentando quedar embarazada.  El embarazo fue totalmente saludable desde el punto de vista físico, y mi dieta DIARIA en aquel entonces consistía en arroz frito con salsa de cangrejo estilo “japonés”.

Como tengo muchos testigos que podrán confirmar lo anterior, me cuesta atribuir la sorpresa de mi segundo embarazo cinco años después solo a los cambios que hice en mi alimentación.  ¿Por qué entonces los promuevo? ¿Será hipocresía de mi parte? ¿Caí en la comercialización de dietas y resultados fáciles?  No creo.

Hay muchas lecciones que aprendí de la infertilidad, y parte de ellas se resumen en que a veces el proceso es parte del premio.  Siempre lo comento.  Uno intenta tantas cosas que realmente hay que pensar que tienen un motivo de ser.

Es difícil admitirlo cuando aún hoy en día siento que se me revuelve el estómago esperando el resultado de un hemograma sencillo.  Pero el proceso tanto en mi primer como segundo embarazo, fue un gran maestro.  Lo sigue siendo.

Puedo decir con seguridad que arranqué sin entender claramente por qué quería ser mamá.  Nunca lo cuestioné.  Asumí que era lo que seguía en mi historia personal, profesional y de pareja.

Ya en el proceso, pasé tiempo pensando en mi cuerpo como un enemigo más que un aliado.  Que el cuerpo de una mujer no pueda concebir es realmente una disfunción.  Tanto el fracaso en cada ciclo, como las secuelas en mi cuerpo provocaban sentimientos de rechazo poderosamente fuertes.  Pero eso yo era incapaz de admitirlo.

Con mi mejor sonrisa de viernes por la noche, por años fui autodestructiva con mi estilo de vida.  Comía lo que fuera y tachaba de fanático a cualquiera que me recomendara lo contrario.  Pasaba los fines de semana inmersa en copas y cigarrillos, buscando algo que me hiciera sentir más joven, más normal… menos defectuosa y más “feliz”.

Entonces comprenderán que no les puedo recomendar que sigan mi ejemplo.  De todo corazón quisiera que, si leen los párrafos de arriba y se identifican, lloren un poquito pero consideren cambiar de ruta.  Por eso me atreví a tocarle la puerta a mi “coach” Halima, y nadar en aguas desconocidas para embarcarme en el #PlanBDetox.

Como ya saben todo sobre eso, en este escrito solo quisiera dejarles algunos conceptos que he acumulado en los últimos años sobre estos procesos de limpieza, auto-conocimiento y cambio, porque la verdad es que NO HAY RECETA MÁGICA.

  1. ¿QUIÉN CONTROLA A QUIÉN?

La comida puede ser un aliado, un compañero, un paño de lágrimas, un instrumento de auto-flagelación, un escape, un alivio, un remedio.  En todo caso, sabemos que es mucho más que la ingesta o combinación de finos y frescos ingredientes.

Es difícil aceptarlo, y ni decir afrontarlo.  A veces resulta más fácil simplemente ceder a esas costumbres y comportamientos que con el tiempo han caracterizado nuestras dinámicas alimenticias.  “Yo como lo que quiero porque me lo gané después del sufrimiento de dos semanas esperando para que el día del examen me llegue el periodo”.   Dicho por mí.  Varias veces.

“Si me tomo todas las botellas de vino que tenemos, no es mi culpa”.  Reacción totalmente normal luego de llorar tres semanas y estar amargada dos porque perdiste un embarazo.  Nuevamente una gema de mi repertorio.

Algo interesante que realicé con mi pimer détox y vivo en cada uno que hago es que la comida no es solamente un sabor delicioso, o un aroma que cautiva.  Más que expertos en gastronomía, entender qué significa la comida para nosotros es un proceso de auto-conocimiento íntimo y difícil.   Es admitirnos aquellos dolores que queremos evitar, las frustraciones que preferimos no vivir.  Todo bello, todo feliz siempre que haya brownie con helado y un buen pinot noir.  ¿Cierto?

  1. TU CUERPO Y EL AMOR QUE LE DAS.

Al principio de un détox ese amor no se siente mucho.  Cuando inicialmente privamos al cuerpo de ciertas cosas, podemos hasta sentir dolores de cabeza, ansiedad, sentimientos de frustración.  ¿Será nuestro cuerpo que se resiste, o nuestra mente? No lo sé y este escrito no es tan profundo o técnico para entrar en esta interrogante.

¿Poder mental sobre el antojo? ¿Para qué? En la relación con la comida, nunca nos enseñaron que esto era bueno.  Al menos yo nunca escuché a nadie comentar nada más que el sacrificio superficial y doloroso de una dieta.  La restricción.

Pero una vez pasamos esa primera fase de resistencia y privación, nos damos cuenta que nuestro cuerpo comienza a funcionar de otra forma.  ¡Pero claro! No hay secreto ni nada mágico en esto… no se trata de prohibir sino de dar al cuerpo exactamente lo que necesita para funcionar en forma óptima.  ¡Nada como un hígado que se siente amado!

“Te brilla la piel, corres mejor, afrontas tu primer cliente del día sin un café”.   Yo  al día 6-7 de un détox.  Digo, ya que estamos en esto, hay que recordar también las cosas buenas.

Tu cuerpo comienza a sentirse tan bien que hasta a la terca mente la domina un poco.  Y ahí comenzamos a conectar ciertas cosas.  El kale no es más que un tipo de repollo.  Si hubiéramos aprendido a comer repollo desde chiquitos, tal vez no estaría yo aquí hablando de estos détox. ¿Quién sabe?

  1. EL SABOR DEL RETO, Y DEL ÉXITO.

Cuando te embarcas realmente en un proceso de cambio de hábitos, quienes te rodean van a pensar que obsesionado o eres fanático.  Los retos pueden llenarnos de energía positiva, darnos ese empujoncito que necesitamos para salir del pijama y las pantuflas o de la botella de cava.   Ahí sale el rebelde que llevamos dentro y esto se siente bien.

Tienes una meta, que no necesariamente es quedar embarazada.  Una meta a corto plazo que en días puedes lograr.  Puedes saborear tenerlo tan cerca, que ya no consideras mirar atrás.  Has encontrado grupos y personas nuevas con quienes compartir, y temas que no habías considerado antes.  No eres fanática, sino que vuelves a querer aprender, experimentar, y compartir.  Esto es mucho después de meses o años de estar sintiéndote muy sola. Tu actitud cambia, y eso se siente bien.

Y cuando terminas… bueno, eso te toca a ti experimentarlo.  ¿Te atreves?

 

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